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VOY A UN FUNERAL, DEBO DISFRAZARME O ¿PARA QUÉ SE MARCÓ A CAÍN?

noviembre 5, 2019

Ahora que se aproxima la celebración (bueno, esto en México, en otros países es la conmemoración) del Día de Muertos, es interesante reflexionar sobre dos cuestiones misteriosas que quizá estén relacionadas, aunque a primera vista no lo parezca. La primera es: ¿por qué nos vestimos de determinados colores para asistir a los funerales? (de negro, los occidentales, o de blanco o azul, si se es asiático o de algunos países musulmanes).

La segunda se refiere a la marca que le solicitó Caín a Dios para que no lo matara nadie que lo hallase, por haber asesinado a Abel. El problema es que, hasta este momento, según el Génesis, sólo existían él y sus padres,  Eva y Adán, por lo que no tenía asidero tal temor en la realidad (bueno, en esa realidad simbólica, digamos).

Evidentemente la explicación a este segundo enigma debe rastrearse entonces por otro camino, que es el que empezamos a andar en este momento, y que de cierto modo terminará en una posible respuesta a la primera pregunta.

Pero antes debo advertir nuevamente que mis artículos están lejos de ser confesionales o religiosos. Me interesa la antropología subyacente en ciertos textos de origen religioso, eso es todo.

Viajemos entonces a ese tiempo primigenio cuando la totalidad de la población mundial constaba de tres personas, de las cuales una había cedido a un impulso de ira, manchándose las manos de la  sangre de su hermano.

Un par de datos interesantes nos servirán para avanzar en la explicación a los enigmas, y los conocemos por boca de Dios mismo: “¿Qué has hecho? [le pregunta a Caín]. La voz de la sangre de tu hermano clama a mi desde la tierra […] Ahora pues, maldito serás tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano”. Y después lo desterró (en este caso en dos sentidos, ya que lo maldijo para que ya no pudiera recoger fruto de la tierra cuando la labrara y además a no tener residencia fija en ella).

Caín le contestó: “Grande es mi castigo para ser soportado[…] He aquí que me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará”  “Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matara cualquiera que lo hallara” (Génesis 4: 10-15).

Como apunté antes, en ese punto de la historia mítica narrada en el Génesis no existía aún persona alguna que pudiera atentar contra la vida de Caín. Por otra parte, ¿qué clase de marca podría servir para tal fin?

En este relato del Génesis es evidente la personalización de dos elementos inanimados, según nuestros conocimientos o creencias actuales: la sangre y la tierra. Ambos han tenido siempre, y pienso que por obvias razones, la máxima importancia para prácticamente todos los pueblos de la Tierra, y por ello siempre se ha intentado protegerlos de cualquier daño. Ello apunta a que este relato es supervivencia de creencias muy antiguas, anteriores al monoteísmo hebreo y que además coincidían con otras que regulaban a pueblos diversos.

Por ejemplo, en la antigua Atenas, si un hombre mataba a un conciudadano y era desterrado, si se acumulaban cargos en su contra debía comparecer ante los jueces en un barco: no podía tocar tierra ni a los jueces, que lo escuchaban desde la orilla. Esta era una forma de poner al homicida en cuarentena; no fuera que al tocar la tierra con sus pies la agostase, y que contaminara a los jueces, o a cualquier otra persona, con su contacto.

Porque la sangre derramada, de por sí, es considerada una especie de veneno que puede enfermar a quienes tienen contacto indirecto con ella a través del asesino. Así, los akikuyu del África oriental pensaban que si un hombre que ha matado a otro llega a comer y dormir en la choza de alguna familia, ésta contrae una enfermedad que puede ser fatal si no es atendida por un médico tradicional (antes conocido como mago, brujo o hechicero por los escritores y estudiosos occidentales).

Como se puede ver, se pensaba que la sangre derramada era capaz de agostar la tierra y/o enfermar a quienes tuvieran contacto con el asesino, por lo que se marcaba a éste para advertir a los conciudadanos y tomaran las medidas pertinentes. En otras palabras, dicha marca servía, más que para proteger al asesino, como advertencia para otros.

Sin embargo, otros hechos sugieren que la marca impuesta a los homicidas sí era para su protección: para esconderlo de la ira de su víctima.

Platón narra que, según una creencia muy antigua, el espíritu de un hombre asesinado se enojaba al ver a su asesino deambulando tranquilamente por los lugares que el también frecuentaba, y lo perseguía tenazmente. Para evitar esto el homicida debía abandonar por un año su país, hasta que su etéreo perseguidor se hubiera calmado, y no podía volver hasta haberse purificado mediante ciertos ritos.

Había también, en otras latitudes, diferentes formas de librarse de la ira del espíritu del asesinado: una de ellas es la retribución pecuniaria, con la marca funcionando como “sello de pago”.

Entre los yabim, de Nueva Guinea, cuando los parientes del asesinado por cualquier razón no quieren vengar con sangre la muerte de su allegado, llegan a un acuerdo económico con los familiares del victimario, y les piden que les marquen la frente con tiza blanca. Así, cuando el espíritu de la víctima pueda tener la idea de reclamarles a sus parientes por no derramar sangre por sangre, al ver la marca se dará cuenta que se llegó a otro tipo de acuerdo, y los dejará en paz.

Por supuesto, se podría poner dicha marca en al frente del asesino, para demostrar que había pagado su acción de algún modo, y de tal forma librarse de la ira del espíritu de su víctima.

Pero hay otra posible razón para marcar a los asesinos: para “disfrazarlos” y que los espíritus agraviados no los encuentren.

Para tal fin existe un sinnúmero de marcas: Pintarse la mitad del cuerpo de rojo y la otra de blanco, como hacen los masai y los nandi, o sólo de rojo, como los naturales de las islas Fidji, o de negro, como los arunta. El catálogo es extenso y no podríamos agotarlo aquí. Pero la finalidad es la misma: que el espíritu del fallecido no encuentre a quien busca.

Y es aquí cuando todo lo apuntado confluye en nuestra actual costumbre de vestir de cierta manera en las ceremonias luctuosas, pues algunos antropólogos se arriesgan a afirmar que en el origen de ésta se encuentra la finalidad de que los espíritus de los muertos no nos lleven con ellos.

Muy probablemente en un principio no sólo se vestía ropa de determinado color, sino también se pintaba el rostro y probablemente el cabello de ciertas maneras conducentes al mismo fin.

Aunque hay quien dice que la mejor ropa que podemos usar para evitar que a los espíritus de los ancestros se les ocurra llevarnos con ellos es la alegría.

Seamos alegres, entonces.

Hasta la próxima.