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¿Qué hacemos con los valores en la práctica educativa?

noviembre 22, 2019

Adriana Medina Santana

                                                    Resumen

Este artículo  aborda la importancia de transmitir valores y ser conscientes de que como profesores tenemos una tarea que va más allá de las aulas. Si bien nuestra labor es enseñar una serie de contenidos educativos, también debemos saber que nuestras actitudes y trabajo en el aula forman al niño en el aspecto personal y más específicamente en los valores y la moral que fomentamos; ya que somos un ejemplo para ellos y todas nuestras actitudes, comentarios y trabajo va a influir en su manera de ser y pensar; por ello es imprescindible que cuidemos esta parte que no se centra quizá en la transmisión de un contenido, pero que tiene que ver con nuestra propia formación como seres humanos y que implica una gran responsabilidad en nuestra labor dentro y fuera del aula.

Introducción

El quehacer educativo es una actividad compleja en la que se conjuga algo más que el conocimiento. Los profesores tratamos con niños, que traen consigo una forma de ver la vida y de pautas de comportamiento, nosotros mismos traemos a cuestas una formación moral y valores que transmitimos a través de nuestras actitudes, trato cotidiano e incluso en el propio planteamiento de las diversas actividades que trabajamos con los alumnos.

¿Qué hacer con tantos valores juntos? ¿Se deben trabajar los diferentes valores  que traen consigo de manera individual cada uno de los niños? ¿Cómo a través de las actividades cotidianas podemos afianzar e incorporar nuevos valores en los niños?

Estos cuestionamientos nos remiten a uno de los aspectos primordiales del quehacer educativo y que generalmente ha sido soslayado, en aras del conocimiento per se, el considerar el concepto del niño como un ser humano integral que desarrolla diferentes áreas en su experiencia con lo cognitivo, lo socio-cultural y lo afectivo.

Es decir, es importante que se vea al niño como un ser que siente, piensa y tiene capacidad de convivir con sus semejantes fuera y dentro de un contexto educativo y que debe aprender ciertos principios que le permitan adaptarse a la sociedad y concebir la escuela misma, como el espacio que le brinde toda esta gama de posibilidades.

La educación en un ambiente de libertad

Teóricos como Rosseau, Pestalozzi y Froebel, (2000) fueron los primeros en concebir al niño como un ser con derechos y obligaciones. Así, promulgaban que el niño debía ser educado en libertad, bajo los principios morales que regían a la sociedad y en plena vinculación con la naturaleza. Por ejemplo Juan Jacobo Rosseau (2000) señalaba la necesidad de aprovechar la curiosidad innata de los niños para enseñarles a partir de la naturaleza cuestiones básicas de biología a través de la observación y de las sensaciones y sobre todo en un ambiente de libertad para aprender.                                                                                                

Para Montessori (2000) el desarrollar el espíritu del niño más que el conocimiento es la labor más importante de la educación y con el desarrollo del espíritu quiere decir, el respetar la libertad y los intereses del niño dentro de su práctica educativa, sin que ello signifique que el niño “haga lo que se le dé la gana” como vulgarmente se dice, sino que el niño se haga responsable de lo que hace y cómo lo hace, respetando además acuerdos previamente establecidos con el grupo.

En las clases Montessori, cada niño sabe la actividad que va a desarrollar, selecciona su material de trabajo, realiza tareas comunes en pequeños grupos de trabajo y finalmente guarda el material que ha utilizado durante su sesión.

¿Qué valores podemos encontrar simplemente en esta organización tan simple del trabajo en clase? ¿No acaso el hecho de hacer que los niños trabajen en equipo, induce a la fraternidad, el respeto a las ideas de los otros, el saber escuchar argumentos y expresarnos nosotros mismos?

Nosotros mismos como educadores ¿practicamos esto? ¿Sabemos escuchar? ¿Cómo identificamos que sabemos escuchar? ¿A través de qué actividades inducimos a nuestros alumnos a que sepan escuchar, y más aún a respetar las ideas de los demás? Cierto que en un niño pequeño esto pueda ser difícil, porque generalmente los niños de 4-5 años aún creen que lo que dicen es su verdad y les cuesta trabajo aceptar puntos de vista diferentes a los suyos, pero… ¿hemos intentado con la lectura y escritura de un cuento de manera colectiva, en que cada uno de los niños tenga que plasmar una idea, en un constructo final hecho por todos?

¿Hemos intentado con la puesta en escena de títeres, que a través de una narración corta y sencilla ejemplifiquen a los niños la importancia de saber escuchar y respetar la idea de los otros?

¿Acaso platicamos con nuestros alumnos, sobre las ventajas de trabajar en equipo?

¿Como profesores estamos conscientes de todos los valores, actitudes y conocimientos que potenciamos de manera colateral, con nuestra propia actividad docente?

Como podemos observar, la labor docente no se limita a la mera transmisión de un contenido educativo, sino que implica el desarrollar, o mejor dicho potenciar en el alumno una serie de habilidades que tienen que ver con la convivencia interpersonal, el respeto, la libertad de expresión, el trabajo en equipo, la honestidad, la verdad etc.

La autonomía del niño: Centros de interés

Como se señaló anteriormente Decroly (2000), es otro de los teóricos que considera que la autonomía y libertad del niño son los aspectos sobre los cuales debe girar la formación educativa. En este sentido, este autor plantea que existen en el niño centros de interés identificables: La necesidad de convivir en sociedad, la necesidad de expresión, la necesidad de aprender, la necesidad de sentirse libre y la necesidad de crear. Aunque por supuesto, señala que estos centros de interés deben estar presentes en la planeación de los contenidos educativos y las prácticas escolares.

Si observamos con detenimiento estas necesidades o centros de interés son las mismas que manifestamos todos los seres humanos como parte de una cultura y convivencia social y son justamente lo humano que se rescata de cada uno de nosotros. Ahora bien, si estos centros o necesidades forman parte de cada uno de nosotros ¿Por qué los rescata el autor en un contexto educativo? ¿Acaso es una novedad?

Este autor se enfrentó a una época en que se consideraba a la escuela como un “templo del saber”, en que la rigidez, disciplina y memorización eran los pilares en que se sustentaban las prácticas educativas. La noción del “saber” se relacionaba con lo enciclopédico, en que el estudiante debía acumular el mayor número de conocimientos, sin importar incluso si había una comprensión cabal acerca de los mismos.

Los niños debían ser bien portados, respetar al maestro al grado del miedo, no contradecir sus órdenes y no manifestar sus inquietudes por lo artístico como la poesía, escritura y la danza, por ejemplo; ya que éstas se oponían a la enseñanza estricta de las ciencias como las matemáticas, física o química, que eran las materias consideradas realmente importantes en que se debía formar a un sujeto.

Retomando algunas de las cuestiones que Decroly observó, nosotros como educadores ¿Qué diríamos al respecto?

Nos hemos preguntado ¿Cómo concebimos al niño? ¿Es congruente esta concepción que manejamos con las prácticas que planteamos para ellos? ¿Qué prioridad damos al conocimiento académico con respecto a las inquietudes artísticas o humanistas que manifiesta el niño? ¿He realizado actividades que conjuguen actividades académicas con las artísticas? ¿Qué contenidos curriculares he considerado como importantes para la formación en valores con mis alumnos?

Educar en valores

Esta propuesta de Ovidio Decroly, (1999) también retoma la enseñanza en valores, ya que si observamos desde el momento en que el intenta rescatar lo humano de los niños, su valor acerca de lo “humano” lo está trabajando en una propuesta educativa que logre este rescate, a través de su atención a los centros de interés, que no son otra cosa que valores universales como la fraternidad, la justicia, la honestidad y la verdad, mismos que van a permear o debieran hacerlo, los contenidos a enseñarse.

En las prácticas educativas, que en ocasiones se convierten en una cotidianeidad o en una mera actividad burocrática, perdemos de vista estos valores o “centros de interés”, y nuevamente quizá separamos “lo humano”, de lo que se considera exclusivamente académico o educativo, pero es importante que intentemos dilucidar las principales acciones que nos van a permitir trabajar de manera diferente y coherente con los propios valores que como educadores manejamos. Por otra parte, para Freinet (1999) también es importante que el niño sea respetado y educado en un ambiente de libertad, creatividad y expresión de sus emociones.

La imprenta como método de aprendizaje de Freinet

La metodología ideada para ello es la imprenta y el texto libre. Con la imprenta, el niño junto con un pequeño equipo de trabajo va conformando sus propios textos de estudio. Para lo cual emplea instrumentos de trabajo propios de una imprenta normal. Con este trabajo los niños además de trabajar y repartirse las tareas de manera conjunta, realizan el propio trabajo de edición, consultan palabras sobre las cuales tienen dudas, mejoran la redacción del texto y se autocorrigen en el propio proceso.

Con el texto libre, los niños plasman sus ideas e imaginación creativa en diversos textos que pueden conformar parte de un periódico mural, una pequeña publicación o una narrativa de tipo personal.

Esta metodología tuvo mucho éxito ya que los niños veían plasmados en un producto final el fruto de su esfuerzo y trabajo, además comprendían la importancia de la repartición de tareas, la responsabilidad que tenía cada uno de ellos en la parte que le tocaba trabajar y lo que se puede lograr con el trabajo en conjunto.

Conclusiones

¿Qué nos deja esta lectura para nuestra propia experiencia cómo educadores? ¿Qué podemos utilizar aparte de la imprenta, para desarrollar la idea en nuestros alumnos de libertad de expresión y creatividad? ¿Qué valores podemos reconocer a partir de la metodología ideada por Freinet? ¿En qué métodos hemos pensado nosotros para fomentar los valores en nuestros alumnos?

En la medida que respondamos estas preguntas estaremos en disposición para trabajar con los alumnos con otra mirada, pensando en que la formación académica va a la par de la del ser humano y así como empleamos estrategias para enseñar, debemos usar métodos para que los ciudadanos sean cada vez mejores y en ello debemos empezar por nuestro propio ejemplo.

Bibliografía

González M. Graciela.(1999). Cómo dar la palabra al niño. Ediciones el caballito. SEP. México.

Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa (2000). Módulo de Psicopedagogía. ILCE. México.

Villalpando, Nava, José Manuel. (2005). Historia de la educación y la pedagogía. Porrúa. México.